De Margaritas, de Memorias y de Fe

De Margaritas, de Memorias y de Fe

Él estaba medio recostado en el pequeño sofá en su alcoba. El que a ella tanto le parecía gustar.  Estaba melancólico, el dolor ya tanto parte de su ser que soló sentía sus ecos, más como un recuerdo de dolor que de dolor, pero aun un dolor tan permanente que en muchos aspectos se había convertido en un amigo y si no fuese el mejor, por lo menos era quizás el más constante.

Estaba casi despierto o casi dormido, en esa realidad entre sueños que de vez en cuando nos captura, ese lugar con sus propias realidades e historias efémeras, quizás prestadas desde otra realidad u otro tiempo, o ambos, y en esa dimensión él vivió una visión metafórica.  En esa visión:

Neblina fría y húmida pero muy bella lo rodea, esta agachado lanzando abono y con una regadera, alimentando unas semillas dormidas en nidos de tierra.  Al parecer, él les está cantando.  Se dice que hablarles a las matas las hace contentas y mas fructíferas,  pero, … ¿canciones de amor?  Eso parece demasiadamente extraño, especialmente en la manera que lo hace, una manera intensamente tierna y suave, pero a la vez, urgente, como si el tiempo fuera muy limitado.  El sol inicia su ciclo y sonríe, cuenta con él hombre ya que todos los días ahí lo encuentra.

En estos espacios entre sueños, como ya se observó, existen memorias completas, es decir, existe un presente respaldado por memorias muy apuras y en algunos casos, como en este, muy intensas, … entonces, …., … volviendo a la visión:

Por alguna razón que ni el mismo entendía pero en la cual creía con toda su alma, él tenía que cosechar margaritas.  Solamente margaritas y de alguna manera él sabía que de todas las margaritas que existían, solamente una serviría.  Por eso, cada mañana ahí lealmente lo encontraba el sol, y de ahí había nacido una amistad, aunque claro que sí, … algo extraña.

La visión también recogía elementos de la realidad, por ejemplo:

Su mundo en ese respecto no era fácil.  Por alguna razón, quizás por haberse criado en un lugar muy lejano y también, en un ambiente metropolitano, nunca había aprendido mucho de flores, aunque todos los otros de su familia en eso eran expertos.  Ellos con el eran generosos aunque les parecía que él era muy extraño y la verdad es que si lo era, desde la perspectiva en que en ese entonces se encontraba.  Ellos le regalaban semillas pero por acuerdo común, cuando se las daban no le permitían saber de qué eran.  Ellos insistían que de ellas el mismo debía ilustrarse.

En otros aspectos él era una persona algo interesante.  Era muy curioso, algo idealista, le encantaba el arte, mas como participante que observador, y lo mismo con los deportes.  La verdad es que él no era el tipo de tipo que uno esperaría encontrar sembrando, abonando y alimentando a semillas.  Especialmente cuando tan poco de ellas sabía.

Sin embargo, en esta visión, ahí estaba:

Entonces él las semillas recibía pero no le interesaban en sí, solo le importaba cosechar esa sola margarita, una pasión que nadie entendía.  Tenía una vida llena en muchos aspectos y mucho había logrado pero dentro de sí vivía un gran vacío, un vacío que él casi siempre escondía y que solo esa margarita podría llenar, eso él y quizás sólo él entendía.  Entonces, mientras atendía sus deberes cotidianos más o menos bien, quizás más que menos, su enfoque interno era centrado en esa flor que para él era sublime.

Tenía hambre, tenía sed, tenía dolores del cuerpo y del corazón y quizás algunas otras cosechas los habrían aliviado, pero en su alma buscaba solo margaritas y no cualquier margarita sino esa margarita única que de alguna manera, desde alguna dimensión, le había capturado su amor. 

No digo que no hacía más que pensar en margaritas, muchas cosas hacía y había hecho y las había hecho bien más que menos.  Pero lo que más le importaba a él era preparar el campo para la llegada de esa margarita y por lo tanto dirigía sus mayores esfuerzos hacia alimentarla aunque aún no estuviera y aunque todo que gastaba se desperdicia: no le importaba si estaba desgastando sus esfuerzos o si esta vez de nuevo estuviera equivocado, tenía una profunda fe que si seguía preparando la tierra para esa margarita entonces, si algún día llegara, todo estaría preparado para recibirla.

En esta visión él no era el único participante, también percibía de alguna manera, como suele ocurrir en los sueños donde rige una lógica muy diferente, las sombras de los ecos de las reflexiones y de las emociones de esa flor tan única y especial.  Entonces, …, en la visión:

La margarita era complicada y por razones reales pero también encandiles, temía permitirse ser encontrada.  Escondida lo observaba preparando la tierra para su llegada y demasiadas veces le parecía que él era absurdo en su gran enfoque.  No entendía por qué él no aceptaba las otras opciones de las cuales tan fácilmente podría disfrutar pero él, aparentemente desagradecido, las despreciaba.  A veces ella se burlaba de él, le parecía ridículo, pero en su alma algo le cantaba que no era así.  Se disgustaba con él porque  sus acciones y persistencia la confundían.  Ella no lo lograba entender pero al mismo tiempo, le agradaba un poco que aunque ella no llegaba, el seguía esperándola.

A veces la margarita se preguntaba por qué  él lo hacía, pero otras veces entendía, y algunas pocas veces casi salía para disfrutar el abono y el agua que tres veces al día le traía.  Pero el temor la impedía y no lo podía hacer, aunque en su alma también temía que llegaría el día en el que no volvería. 

A lo largo del tiempo ella lo vio perder ánimo, por lo menos de vez en cuando, y a veces eso la hacía imaginar cómo sería el día en el cual él no reaparecía.  Pero día tras día, él seguía; quizás a veces triste, pero siempre ahí, preparando la tierra con agua y abono que sólo servía para una sola margarita. 

Día tras día, tras día, tras día.

Como suelo ocurrir, finalmente la realidad se interpuso.  Solo habían pasado unos segundos en la existencia supuestamente real mientras había pasado casi una vida en la visión.  El, otra vez completamente consciente, trató de conservar la visión, pero cuanto más trataba de hacerlo, más desaparecía la memoria de la visión hasta que solo quedó la memoria de una memoria que una vez fue, aunque si en el pasado o en algún futuro, o de otra persona no se puede saber.

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© Guillermo Calvo Mahé; Manizales, 2013; todos derechos reservados